Poemas de amor

Rubén Darío - Juan Ramón Jiménez - Pablo Neruda - Federico García Lorca

Mía

Mía: así te llamas.

¿Qué más armonía?

Mía: la luz del día;

Mía: rosas, llamas.

¡Qué aromas derramas

en el alma mía

si sé que me amas,

oh Mía!, ¡oh Mía!

Tu sexo fundiste

con mi sexo fuerte,

fundiendo dos bronces.

Yo, triste; tú triste...

¿No has de ser, entonces,

Mía hasta la muerte?

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El color de tu alma

Mientras que yo te beso, su rumor

nos da el árbol que mece el sol el oro

que el sol le da al huir, fugaz tesoro

de un árbol que es el árbol de mi amor.

No es fulgor, no es ardor y no es rubor

lo que me da de ti lo que te adoro,

con la luz que se va: es el oro, es el oro,

es el oro hecho sombra: tu color.

El color de tu alma: pues tus ojos

se van haciendo ella, y a medida

que el sol cambia sus oros por sus rojos

y tú te quedas pálida y fundida,

sale el oro hecho tú de tus dos ojos

que son mi paz, mi fe, mi sol: ¡mi vida!

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La noche en la isla

Toda la noche he dormido contigo

junto al mar, en la isla.

Salvaje y dulce eras entre el placer y el sueño,

entre el fuego y el agua.

Tal vez muy tarde

nuestros sueños se unieron

en lo alto o en el fondo,

arriba como ramas que un mismo viento mueve,

abajo como rojas raíces que se tocan.

Tal vez tu sueño

se separó del mío

y por el mar oscuro

me buscaba

como antes,

cuando aún no existías,

cuando sin divisarte

navegué por tu lado,

y tus ojos buscaban

lo que ahora

-pan, vino, amor y cólera-

te doy a manos llenas

porque tú eres la copa

que esperaba los dones de mi vida.

He dormido contigo

toda la noche mientras

la oscura tierra gira

con vivos y con muertos,

y al despertar de pronto

en medio de la sombra

mi brazo rodeaba tu cintura.

Ni la noche, ni el sueño

pudieron separarnos.

He dormido contigo

y al despertar tu boca

salida de tu sueño

me dio el sabor de tierra,

de agua marina, de algas,

del fondo de tu vida,

y recibí tu beso

mojado por la aurora

como si me llegara

del mar que nos rodea.

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El poeta pide a su amor que le escriba

Amor de mis entrañas, viva muerte,

en vano espero tu palabra escrita

y pienso, con la flor que se marchita,

que si vivo sin mí quiero perderte.

El aire es inmortal. La piedra inerte

ni conoce la sombra ni la evita.

Corazón interior no necesita

la miel helada que la luna vierte.

Pero yo te sufrí. Rasgué mis venas,

tigre y paloma, sobre tu cintura

en duelo de mordiscos y azucenas.

Llena, pues, de palabras mi locura

o déjame vivir en mi serena

noche del alma para siempre oscura.

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