PEQUEÑA RECOPILACION DE POEMAS

Pablo Neruda - Juan Ramón Jiménez - Rubén Darío - Antonio Colinas

Bella

Bella,

como en la piedra fresca

del manantial, el agua

abre un ancho relámpago de espuma,

así es la sonrisa en tu rostro,

bella.

Bella,

de finas manos y delgados pies

como un caballito de plata,

andando, flor del mundo,

así te veo,

bella,

Bella,

con un nido de cobre enmarañado

en tu cabeza, un nido

color de miel sombría

donde mi corazón arde y reposa,

bella.

Bella,

no te caben los ojos en la cara,

no te caben los ojos en la tierra.

Hay países, hay rios,

en tus ojos,

mi patria está en tus ojos,

yo camino por ellos,

ellos dan luz al mundo

por donde yo camino,

bella.

Bella,

tus senos son como dos panes hechos

de tierra cereal y luna de oro,

bella.

Bella,

tu cintura

la hizo mi brazo como un río cuando

pasó mil años por tu dulce cuerpo,

bella.

Bella,

no hay nada como tus caderas,

tal vez la tierra tiene

en algún sitio oculto

la curva y el aroma de tu cuerpo,

tal vez en algún sitio,

bella.

Bella, mi bella,

tu voz, tu piel, tus uñas

bella, mi bella,

tu ser, tu luz, tu sombra,

bella,

todo eso es mío, bella,

todo eso es mío, mía,

cuando andas o reposas,

cuando cantas o duermes,

cuando sufres o sueñas,

siempre,

cuando estás cerca o lejos,

siempre,

era mía, mi bella,

siempre.

Pablo Neruda (1904-1973)

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Manos

¡Ay tus manos cargadas de rosas! Son más puras

tus manos que las rosas. Y entre las hojas blancas

surgen lo mismo que pedazos de luceros,

que alas de mariposas albas, que sedas cándidas.

¿Se te cayeron de la luna? ¿Juguetearon

en una primavera celeste? ¿Son de alma?

...Tienen esplendor vago de lirios de otro mundo;

deslumbran lo que sueñan, refrescan lo que cantan.

Mi frente se serena, como un cielo de tarde,

cuando tú, como tus manos, entre sus nubes andas;

si las beso, la púrpura de brasa de mi boca

empalidece de sus blancor de piedra de agua.

¡Tus manos entre sueños! Atraviesan, palomas

de fuego blanco, por mis pesadillas malas,

y, a la aurora, me abren, como son luz de ti,

la claridad suave de oriente de plata.

Juan Ramón Jiménez (1881-1958)

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Mía

Mía: así te llamas.

¿Qué más armonía?

Mía: la luz del día;

Mía: rosas, llamas.

¡Qué aromas derramas

en el alma mía

si sé que me amas,

oh Mía!, ¡oh Mía!

Tu sexo fundiste

con mi sexo fuerte,

fundiendo dos bronces.

Yo, triste; tú triste...

¿No has de ser, entonces,

Mía hasta la muerte?

Rubén Darío (1867-1916)

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Ocaso

Cuando la noche llega sobre el mar a la isla

sales del laberinto, del templo resonante.

Se encienden en las salas las lámparas de cobre.

El incienso lo lleva la brisa a los jardines.

Los sótanos entierran músicas y oraciones.

Mujer, mujer, en ti todo el ocaso es fruto.

De penumbra y de pájaro están hechos tus ojos.

Puros y firmes son tus muslos: son columnas.

Sales, paseas, dejas un velo entre las flores.

En la loma te quedas mirando el mar violáceo

que se repliega exhausto, colmado, conmovido.

Tus dos labios sonámbulos adivinan la noche,

ponen cerco de carne a la redonda luna.

Mujer, mujer, preguntas encierra el corazón,

¿Dónde encontrar palabras para escribir tu historia?

¿Con qué alucinaciones construiré mis versos?

Diosa o mujer, te miro y te pierdo para siempre.

Antonio Colinas

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