relatoretrógradoinjurioso
Una mañana a mediodía, junto al parque Monceau, en la
plataforma trasera de un autobús casi completo de la línea S (en la
actualidad el 84), observé a un personaje con el cuello bastante largo que
llevaba un sombrero de fieltro rodeado de un cordón trenzado en lugar de
cinta. Este individuo interpeló, de golpe y porrazo, a su vecino,
pretendiendo que le pisoteaba adrede cada vez que subían o bajaban viajeros.
Pero abandonó rápidamente la discusión para lanzarse sobre un sitio que había
quedado libre.
Dos horas más tarde, volví a verlo delante de la estación de Saint-Lazare,
conversando con un amigo que le aconsejaba disminuir el escote del abrigo
haciéndose subir el botón superior por algún sastre competente.

Te deberías añadir un botón en el abrigo, le dice su amigo. Me lo encontré en medio de la plaza de Roma, después de haberlo dejado cundo se precipitaba con avidez sobre un asiento. Acababa de protestar por el empujón de otro viajero que, según él, le atropellaba cada vez que bajaba alguien. Este descarnado joven era portador de un sombrero ridículo. Eso ocurrió en la plataforma de un S completo aquel mediodía.

Tras una espera repugnante bajo un sol inaguantable, acabé
subiendo en un autobús inmundo infesta- do por una pandilla de imbéciles. El
más imbécil de estos imbéciles era un granuja con el gañote desmedido que
exhibía un güito grotesco con un cordón en lugar de cinta. Este chuleta se
puso a gruñir porque un viejo chocho le pisoteaba los pinreles con un furor
senil; pero enseguida se arrugó largándose a un sitio va- do todavía húmedo
del sudor de las nalgas de su anterior ocupante.
Dos horas más tarde, qué mala pata, me tropiezo con el mismo imbécil que
charra con otro imbécil delante de ese asqueroso monumento llamado la
estación de Saint-Lazare. Parloteaban a propósito de un botón. Me digo:
aunque se suba o se baje el forúnculo, mona se quedará, el muy
requeteimbécil.

Traducción de Antonio Fernández Ferrer