Del escritor romántico español Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870) se recuerdan tanto sus Rimas, que marcaron el punto de partida de la poesía moderna española, como las Leyendas, unas composiciones en prosa etéreas y misteriosas. Las Rimas, una colección de setenta y seis poesías, publicadas con el título inicial de El libro de los gorriones, poseen una cualidad esencialmente musical y una aparente sencillez que contrasta con la sonoridad un tanto hueca del estilo de sus predecesores. Un fragmento de la Rima 39 es lo que recita un actor. El retrato de la ilustración fue pintado por su hermano Valeriano.
Hijo de una familia liberal, pasó su infancia entre León y Guadalajara, y a los siete años llegó a Oviedo, ciudad en la que transcurrió gran parte de su vida. La revolución de septiembre de 1868 despertó su entusiasmo político, que poco después le llevaría a interesarse por las ideas republicanas que defendería durante toda su existencia. Licenciado en derecho por la Universidad de Oviedo, en 1871 se trasladó a Madrid, donde residió hasta 1882. Allí entró en contacto con los grupos krausistas, fundó una tertulia con Armando Palacio Valdés y Pío Rubín en la Cervecería Inglesa de la carrera de San Jerónimo, y se hizo asiduo del Ateneo.
Comenzó su carrera periodística dándose a conocer como crítico literario y articulista satírico en las publicaciones radicales de la época. En abril de 1875 utilizó por primera vez el seudónimo que le haría famoso, Clarín, para firmar un artículo en el periódico «El solfeo». Cuatro años más tarde, en pleno auge del realismo, publicó una novela corta, «Pipá», y en 1883 regresó a Oviedo para ocupar la cátedra de derecho romano.
Un año antes había empezado la redacción de su obra maestra, «La Regenta», cuyo primer tomo apareció en 1884. La ciudad asturiana (llamada Vetusta en la novela) se horrorizó ante el retrato hecho por Clarín con toda la crueldad de lo verídico, y tras la publicación del libro se desataron las protestas y el escándalo. Pérez Galdós y Armando Palacio Valdés se hicieron eco del acontecimiento; pero, salvo por estas excepciones, poca fama tuvo Alas como novelista. La misma indiferencia rodeó su segunda y última novela larga, «Su único hijo» (1891), o las recopilaciones de sus relatos en diversos volúmenes, «Doña Berta, Superchería y Cuervo» (1892). Tres años después fracasó el estreno de su única obra teatral, «Teresa».
Durante largo tiempo fue el gran olvidado del siglo XIX literario español, a pesar de que su obra crítica se alza como la más aguda de su época, de que su periodismo posee una inequívoca veracidad y de que su narrativa se erige como la conciencia sin paliativos de una de las épocas más duras de la historia de España.
Biobliografía. Escritor español. Articulista y dramaturgo, como novelista fue la figura cumbre del realismo español del s. XIX, ya que nadie como él supo reconstruir literariamente la vida de la España de su tiempo.
Hijo del militar Sebastián Pérez Macías, que había intervenido en la guerra de la Independencia, a los 19 años abandonó su isla natal para trasladarse a Madrid a estudiar derecho, carrera que dejó inacabada. Viajero empedernido y académico de la lengua desde 1897, fue un hombre liberal y progresista, que vivió entregado a la literatura y a su labor de articulista (escribió desde críticas literarias y musicales a reseñas de las sesiones del Parlamento), aunque en los últimos años de su vida intervino también en política, mostrando ideas republicanas y una feroz inquina al fanatismo.
Extraordinariamente fecundo como novelista, poco después de la publicación de su primera obra, «La Fontana de Oro» (1868), inició la redacción de la historia novelada de la vida española del s. XIX, sus «Episodios Nacionales» (1873-1912), que agrupó en cinco series de diez volúmenes cada una, excepto la última que sólo tiene seis. Una obra ingente, que simultaneó con la publicación de sus novelas. En éstas, al tiempo que describía la sociedad española de la segunda mitad del siglo, dando una poderosa visión de su vida cotidiana, denunciaba el fanatismo religioso («Doña Perfecta», 1876; «Gloria», 1877; o «La familia de León Roch», 1878), pintaba el amor («Marianela», 1878), los celos («Fortunata y Jacinta», 1886-1887) o la exaltación mística («Nazarín», 1895), o hacía apología de la justicia y el amor («Misericordia», 1897). Sin embargo, como dramaturgo nunca acabó de dominar los recursos de la escena, a pesar del gran instinto dramático que poseía, y la mayoría de sus obras, quizá las mejores, bastante lentas y poco ágiles, son meras adaptaciones de novelas anteriores. Entre las restantes, destacan «La de San Quintín» (1894), «Electra» (1901) y «Santa Juana de Castilla» (1918).