star wars

episodio 1:la amenaza fantasma

La nueva entrega dd Star Wars es el cuarto capítulo pero el primer episodio de la saga. Una saga en la que nunca ha sido fácil distinguir a la obra del producto. Al impulso creativo del instinto puramente comercial. A las películas, es decir al cine, del fenómeno socio-económico y cultural. La filmografía de George Lucas siempre conjugó a todos y cada uno de estos componentes. Las que variaron son las proporciones. Pienso en los rasgos que precedieron a este cuarto film dedicado a rastrear la génesis de la odisea de Luke Skywalker. Me acuerdo de las graciosas y tiernas criaturas que desde las mismísimas antípodas del espacio-tiempo terrestre venían a postular, más vigorosamente que nunca, la idea de que la condición humana es esencialmente universal. Revivo la presencia cabal, entrañable, de ese trío de baby-faces –Leia, Han, Luke– que surcaban el cosmos con la pasión de los justos, y el coraje de los niños, para imponer el Bien.

Y siento que La guerra de las galaxias ya cumplió su ciclo. Fue una conmovedora reivindicación de lo humano, en un lugar, un tiempo. Estamos hablando del planeta Tierra, a fines de los setenta y principios de los ochenta. Una inmejorable oda, en todo caso, anclada en ciertas caras que se han ido para siempre, especialmente las de aquellos tres, y en una ingenuidad del público, y del mundo, que ha sido brutalmente menoscabada, o por lo menos trastocada, en las últimas dos décadas. Por cierto que el relanzamiento de la trilogia (la "Edición especial") hace un par de años tuvo otro sentido aparte del comercial: el del homenaje, el de aproximar un clásico a las nuevas generaciones y refundarlo –o no– ante las veteranas. Pero seguir, ¿era posible? ¿Tenía sentido revivir la historia sin reformularla? ¿Y era posible reformularla sin convertirla decididamente en otra historia?

Seguramente Lucas se respondió que no. Pero decidió que sí y lo hizo. Hizo de todo un poco, como de costumbre, aunque más que de costumbre. Necesitaba ir mucho más atrás en el tiempo (ya que precisa aire para el segundo y tercer episodio que todavía no filmó) y tenía decididamente en contra una certeza a la que ningún otro director se había asomado: el público conoce el final antes de comenzada la película. Lucas fue tan atrás que ni siquiera aparece Luke. Sí su padre, Anakin Skywalker (Jake Lloyd), un niñito rubio del planeta-desierto Tatooine, donde es esclavo y, a la vez, piloto de carrera de unos "kártings" voladores que consumen una secuencia larguísima, demasiado parecida a un videogame, a medio camino entre las carreras de cuádrigas a lo Ben-Hur y la excentricidad –no así la gracia– de Los autos locos. De allí lo rescatan el maestro Jedi Qui-Gon Jinn (Liam Neeson) y Obi-Wan Kenobi (Ewan McGregor), su discípulo, aprendiz o padawan. Con ellos, la variante más vulgar de las milenarias tradiciones orientales, es decir el esquema maestro-pequeño saltamontes, aterriza descaradamente en Star Wars.

El punto de partida es audaz: la rapaz "Federación de Comercio" invade un planeta por motivos comerciales. O le manda las naves, como los imperios a las colonias o semicolonias de nuestro mundo actual, con el fin de recaudar apenas disfrazado. La Federación es nada menos que el embrión del Imperio que habrá de subcomandar Darth Vader.

Los villanos desfilan en parejas de acuerdo con un viejo truco: sólo puede verse a uno, el discípulo, mientras se agita el fantasma de su maestro y mentor. Los aliens vuelven a perfilarse como el plato fuerte del show. Pero ya no es tan fuerte. Jar Jar Binks tiene la torpeza, la gracia y el andar despatarrado de los Gungan, progresivamente devaluados al cabo de la hora y media –o casi– que permanece en pantalla. C3-PO y "Arturito" se codean con los nuevos droides, que entretienen la vista... durante los primeros 20 minutos. La reina Amidala es menos de lo mismo que la princesa Leia.

No es precisamente novedoso lo que ofrece la cosmogonía Jedi: etéreas invocaciones a la Fuerza, al Lado Oscuro y al Equilibrio que, se comenta, vendría a aportar Anakin al bando de los legales. Neeson y McGregor lucen desganados, faltos de brújula. Lucas también. Aunque en el campo financiero parece mejor orientado que nunca.

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episodio 2:el ataque de los clones

Star Wars, Episodio 2, El ataque de los clones ofrece pocas novedades y unas cuantas variaciones sobre un tema añejo, bastante agotado por lo demás. La variación más notoria tiene que ver con la política, con el desarrollo y protagonismo que las cuestiones políticas asumen aquí.

Es curioso, interesante quizá, porque a la política, como a todo lo demás, Star Wars siempre la planteó fuera de este mundo y época (En una galaxia lejana, mucho tiempo atrás... ¿recuerdan?) pero sin pretender ocultar jamás la ligazón entre ese espacio-tiempo y el aquí y ahora. Más aun: todo el vigor de la trilogía original se asentaba en ese vínculo entre ambos universos. Lo curioso es que la mayor parte de los rasgos de nuestro mundo que antes aparecían desplazados sobre Star Wars remitía a mitos y oposiciones básicos, originados en la infancia: Bien/Mal, luz/oscuridad, familiar/extraño (con sus derivaciones hombre/máquina). Y la política, particularmente la política oficial de la primera potencia del planeta Tierra, debe ser la cosa menos infantil de las que pueblan la Vía Láctea. Episodio 2 da cabida a toda clase de categorías de esta política: senado y corte suprema; senadores y cancilleres; constituciones y (re)elecciones; democracia, guerra, república...

No es que no sean funcionales al "cuento", que algo tiene del que siempre nos contó Star Wars, sino que el cuento funciona más que nunca al servicio de estas categorías políticas. Desde el principio, como al pasar, se establece la diferencia entre un "idealista" y un "asesino", presentado como el que se vale de la violencia para sus fines políticos. Poco después quedará en claro que el único que puede y debe valerse de la misma es la República. Esto incluye, por supuesto, la atribución de declarar guerras interestelares que involucren a diversas galaxias. Los Jedi ahora se perfilan como los comandos de élite de esta república, que se nos presenta como democrática, "polirracial" y especialmente interesada en custodiar y administrar franquicias comerciales. Con lo que tenemos una novedosa alianza entre la fuerza (la violencia física, militar) y la Fuerza que, luminosa o no, flota como un halo sobre nuestros héroes.

Una línea bastante gruesa, y no obstante nítida, traza los fundamentos conceptuales de esta república democrática, y se la puede reconstruir fácilmente a partir de elementos puntuales, nada casuales, desperdigados por el film. El primero es la mentada distinción entre idealismo y terrorismo. Otro se nos presenta entre las praderas que acunan el tortoleo de los protagonistas jóvenes: el padawán (aprendiz de Jedi) Anakin y la senadora Padmé. El chico pregunta por qué no se ponen de acuerdo los políticos para ocuparse, de una vez por todas, de gobernar en beneficio de la población universal. Suspiro va, mirada viene, la chica explica que esos acuerdos son bien difíciles de alcanzar. Lejos de interrogarse por el origen de dicha dificultad (lo que hubiera abierto un camino a profundizar), al padawán se le ocurre que debería haber "alguien" (someone) con capacidad y autoridad para dirimir todo debate. Padmé dice que eso sería una dictadura, lo convence (él hace sonrisitas de "obvio...") y asunto cerrado. (Cierto que Anakin está llamado a convertirse en el tirano de Darth Vader, pero eso es harina de otro costal). Dos cosas me irritaron: que semejante blablá se entrometiera en el romance, desromantizándolo, y que haya quedado en firme, ya desde mucho antes, que la enorme mayoría de estos políticos (los de Star Wars) no son en absoluto confiables.

Un pequeño gran mamotreto de democracia política a la moda (a la moda de Hollywood post 11 de setiembre) puede extraerse de estas y otras pinceladas de la obra y esto, no otra cosa, es lo que más opaca a la nueva versión de Star Wars. Vean qué triste papel terminan desempeñando estos jedis, gendarmes últimos de un orden que no comprenden ni comparten, que apenas discuten y cuya vigencia, sin embargo, se comprometen a garantizar. En este oscuro sentido, Star Wars "creció": tomando distancia (unos cuantos parsecs) de la inocencia que alentaba a la trilogía original. Esa que, como ha sido dicho, unificaba a la platea por encima de su nacionalidad y edad, invitándola a involucrarse, a palpitar las batallas desde el lado de los buenos... sin obligarla a pagar el precio de las convenciones socio-políticas dominantes. Era imposible no subirse al carro de Han Solo desde ahí, desde el "costado-niño que conservan los adultos"; para asociarse a Anakin y a Padmé (o a Obi Wan, que vuelve a encarnar Ewan McGregor) es preciso, en cambio, aniñarse. Tragarse un sapo que contradice nada menos que el espíritu con que nació la saga.

Star Wars también creció, naturalmente, por el lado tecnológico. Los efectos cada vez son más despampanantes; las maquetas, y cada vez más personajes, ya son completamente hijos del diseño computadorizado. Pero todo esto no ha redundado en más sino en menos vida, porque se han cargado mucho las tintas en los clones y en los droides (variantes del robot) y muy poco en esa galería de seres estrambóticos y entrañables que convivían más o menos armoniosamente en las galaxias (esa otra democracia sí que se llevaba bien con el espíritu del que hablábamos).

Lo demás, muy en segundo plano, son las proverbiales secuencias de montaje alterno entre distintos mundos (hay que decir que siguen imprimiendo dinamismo), aquellas otras destinadas a vender merchandising y videogames, el vínculo paterno-filial proyectado en relaciones no sanguíneas (como la de Anakin con Obi), la irrupción de las hormonas juveniles (que deriva en una subtrama amorosa inusualmente pobre, rutinaria), un puñado de conflictos afectivo-existenciales tocados de oído (los sentimientos o la razón, los compromisos profesionales o los impulsos amorosos, la novia o... ¡la madre!), etc., etc.

Entre muchas otras cosas se extrañan los viajes, aquellos viajes. Tanto se los extraña que lo más emocionante ocurre cuando Anakin se apresta a abordar una nave con Padmé para escoltar su regreso a la patria: uno se prepara, se apoltrona, ya palpita un duradero, intenso tramo de road movie interestelar. Y sin embargo no: será más breve que un chispazo.

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episodio 3:la venganza de los sith

A nivel argumental, Episodio 3: la venganza de los Sith cierra puntillosamente la trilogía precuélica de Star Wars: retoma las líneas del capítulo anterior y, sin sacrificar mayormente la coherencia, las acerca al punto en que La guerra de las galaxias (primera entrega y cuarto capítulo de la historia, estrenada en 1977) arrancaba. A esto (además de a la taquilla, por supuesto) deben referirse las voces que se alzan por estos días –y entre las que no siempre es fácil distinguir al crítico del agente de marketing– para afirmar que Episodio 3 está saciando las expectativas de millones de fans a lo largo y ancho del planeta. Pero una película suele –y debe– ser mucho más que su argumento, especialmente en un caso como este, en el que los sucesos por narrar no sólo eran conocidos de antemano sino que estaban más predeterminados que nunca por la referida necesidad de cerrar la brecha. Y salvando excepciones puntuales, todos los demás aspectos de Episodio 3 resultan poco estimulantes.

Volviendo a lo argumental, y habida cuenta de que ya se sabe, podemos resumir todo el derrotero con mayor libertad que nunca. Había que mostrar cómo Anakin Skywalker abraza el Lado Oscuro de la Fuerza y se convierte en Darth Vader, cómo la República se convierte en el Imperio, cómo desaparecen o marchan al exilio los caballeros Jedi, cómo nacen Leia y Luke. De algún modo una cosa lleva a la otra, e incluso los distintos niveles (afectivo, político, existencial) están relacionados entre sí. Veamos.

Anajin (Hayden Christensen) entregará su alma y buena parte de su cuerpo al Lado Oscuro un poco por amor (para salvar a su mujer embarazada) y otro poco por codicia (para disfrutar de todas las otras consecuencias de los superpoderes que le aguardan). El pasaje de Anakin desequilibra a la Fuerza, debilitando al bando Jedi en favor de sus enemigos jurados: los Sith. Hete que los Jedi venían siendo los gendarmes de la República, pero hay un Sith de incógnito, infiltrado, que es nada menos que su mandamás: el Canciller Palpatine (Ian McDiarmid). La movida de Anakin, pues, dejará a la República en manos de los Sith (de ahí a su conversión en Imperio...) y transformará a los Jedi en opositores, en rebeldes, en sujetos a los que hay que exterminar.

Por cierto que los imperativos morales dividen aguas: se nos dice que a los Jedi los anima la democracia y la justicia (asociadas con la bondad) y a los Sith la tiranía (asociada con el egoísmo). Pero bajo esa cáscara (tan pueril, si me permiten), ambos bandos comparten una llamativa identidad de estilo, de formas, y una concepción camarillista –cuando no individualista– de la política. El problema no es esta concepción en sí misma, sino que la política se haya vuelto a tragar la historia (como lo hiciera en Episodio 2), que esté planteada y desarrollada en base a tantas, tantas (¡pero taaaantas!) palabras, y que exista y crezca a costa de recortar, hasta virtualmente extinguir, los aspectos más genuinos y entrañables de Star Wars.

¿Qué ha quedado de las criaturas multiformes –¡multiformemente tiernas!– de la trilogía original? Ni una sombra. Episodio1 intentaba revivirlas (fallidamente, es cierto, pero lo intentaba al menos) en la figura de Jar Jar Binks. Episodio 2 las expatriaba, como el film que nos ocupa, para hacer lugar a las cuestiones políticas.

Hablando de política: más allá de conspiraciones, golpes de estado y "roscas" de camarilla, una cháchara muy identificable con el Partido Demócrata yanqui inunda varios tramos de Episodio 3. Con lo que la democracia formal (reivindicada por Padmé de Skywalker, alguno que otro senador y los gendarmes que no se han dejado tentar por el Lado Oscuro) viene a ser el puente entre el personalismo Jedi y la corrección política a la mode que abraza decidida y machaconamente esta película. De su mano, previsiblemente, también desembarcan las críticas a George W. Bush: ¿quién no lee su caricatura en el discurso con que Palpatine, con la guerra como excusa, fundamenta la necesidad de convertir a la República en Imperio? O en el propio Anakin, cuando le dice a Obi-Wan (Ewan McGregor): "si no estás conmigo, eres mi enemigo". Si el estreno de Episodio 3 se hubiera producido hace dos o tres años, como ocurrió con Bowling For Columbine, todo esto hubiera revestido cierto halo de actualidad (actividad) política. Pero llega a destiempo, y es como si un Michael Moore lavado, y trasnochado, se hubiese metido por la ventana galáctica. E insisto: lo más lamentable es la ingente masa de palabras que domina todo, en desmedro del tono épico, de las criaturas entrañables, de los viajes interestelares y, muy especialmente, de la sana inocencia que, allá lejos y hace mucho tiempo, caracterizó a la trilogía original.

Bien entrada la segunda mitad de la proyección, el relato empieza a hacer un poco a un lado toda esta intelectualización vacía, esencialmente fría (¡y que no por matar la inocencia deja de ser palmariamente infantil!), y uno puede ver más de frente lo mejor de Episodio 3: una suerte de estructura binaria signada por una cantidad de oposiciones algo más fecundas que el esquema tiranía/democracia. Ahí están las peleas con sables láser, mostradas en paralelo como otrora, entre Palpatine y Yoda por un lado, y Vader y Obi-Wan por el otro. Y los exilios de Yoda y Obi-Wan, cada uno por su lado hacia planetas muy distantes, expresando la melancolía de una empresa por el piso, frágil, dispersa, y sin embargo palpitante aún. Y ahí está el contrapunto de los nacimientos de Darth Vader y los gemelos Skywalker, la secuencia más lograda y emotiva (por no decir la única) de la película. La oposición es doble, ya que cada nacimiento presupone una muerte: la erección del villano más legendario del cosmos implica el deceso emocional (y se diría humano) de Anakin; la aparición de Leia y Luke se lleva la vida de Padmé. El montaje alterno es sobrio. El tono, a medio camino entre el gozo y la elegía, entre la vida y la muerte. Las míticas exhalaciones de Lord Vader (esa mezcla de respirador artificial con un jadeo fatigado y ominoso) son el aperitivo para el plato verdaderamente fuerte: la sola mención del nombre de Luke –más que su presencia corpórea– tiene una carga evocativa que es la auténtica ofrenda de Episodio 3 a los amantes de la saga Star Wars. Para una (¿última?) cena de casi dos horas y media es poco, sobre todo si se tiene en cuenta que los ingredientes de este plato no han sido elaborados ahora... sino hace más de veinte años.

Y entonces nos enfrenta el sol naciente de Tatooine, con Yoda y Obi-Wan en el destierro, y Luke y Leia con sus nuevos padres adoptivos. La dualidad está encarnada ahora por el propio panorama: triste, desolado, trágico, pero al mismo tiempo esperanzador. Por una vez, la emoción ha desplazado por completo a las palabras. ¡Lástima que ya termina la peli!

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episodio 4:la guerra de las galaxias

El primer título de la saga Star Wars contiene todos los ingredientes que hicieron de la trilogía inicial ese fenómeno de masas virtualmente inabarcable. Los contiene en estado puro. Y se diría en bruto, por lo menos a juzgar por las reiteradas quejas de su director y factótum, George Lucas, en el sentido de no haber contado con los medios técnicos para volcar a pleno sus fantasías sobre la pantalla. No es para tanto. Ya ha sido señalado que la leyenda que instauró Lucas a fines de los 70 –y relanzó con inusitado vigor sobre el filo del milenio– no debe tanto a los efectos especiales como a sus inagotables conexiones con otros mitos y leyendas de la cultura universal.

El mito del héroe, para empezar, aquí está reformulado de tal modo que sin dejar de pulsar cuerdas inmemoriales, básicas (el viaje a través de incontables y aparentemente insalvables obstáculos), transcurre en un terreno enteramente nuevo: a millones de años luz de la Tierra. La consabida frase inicial, que funciona como la campana de largada de cada uno de los capítulos ("Hace mucho, mucho tiempo, en una galaxia muy lejana...") también sitúa la acción en un tiempo deliberadamente ambiguo. Y original. Es el pasado, se nos dice, pero las ciudades, los medios de transporte y hasta las armas –aunque de un modo algo naïf– expresan una tecnología habitualmente asociada con las conjeturas futuristas. No es aventurado sumar, pues, la Teoría de la Relatividad (que rechaza el concepto de simultaneidad para fenómenos distantes en el espacio) a las muy citadas fuentes nutricias de La guerra de las galaxias.

Pero la primera clave está bastante más acá de las complejas elaboraciones einsteinianas. La insondable brecha de tiempo y espacio libera, acaso por primera vez, a un puñado de héroes arquetípicos de las fastidiosas connotaciones que siempre los sobrevuelan. Especialmente en el cine norteamericano, que surgió y creció de la mano de todos esos paladines cuyos oscuros antagonistas expresaban tal o cual prejuicio del inconsciente colectivo: los indios en el Western, como el viet-cong en los films de guerra, son el escollo para el Bien. Luke Skywalker (Mark Hamill), Han Solo (Harrison Ford) y esa especie de hada madrina que es la princesa Leia (Carrie Fisher) encarnan sin duda alguna al Bien. Darth Vader y los personeros del Imperio, al Mal. Pero nadie en sus cabales podría asociar a cualquiera de estos villanos con alguno de los males concretos, tangibles, que acechan al buen ciudadano estadounidense. Esa cualidad espectral, abstracta, del Bien y el Mal encarnado por los contendientes remite a los temores y fantasías de la infancia. Y unifica a la platea, por encima de su nacionalidad y edad, invitándola a involucrarse sin obligarla a pagar el precio de las convenciones socio-políticas dominantes. El convite no podría ser más seductor. Palpitar la batalla contra los villanos desde el bando de los héroes nunca tuvo visos de acto inimputable como en La guerra de las galaxias.

También es cierto que esta especie de polarización virginal convierte a no pocos tramos en un envío especialmente diseñado –y sólo apto– para los infantes. No del palo de los bochornosos films inspirados en videogames (o en la famosa manga japonesa): aquí los héroes son de carne y hueso, de la carne y de los huesos que nos hacen humanos. Los villanos que lo son, en cambio, aparecen densamente camuflados de otra cosa. Ahí está Darth Vader, esa oscura fortaleza de latón que sólo tendrá forma humana –un rostro, un gesto– unos minutos antes de morir... ya redimido. Pero la Fuerza, el Lado Oscuro y otras instituciones con o sin mayúsculas no dejan de postularse allí, tan lejos, como el correlato de la conflictividad real, terrestre. Y si la casta de los Jedis por momentos semeja una secta, la mística de la Fuerza toma muchos rasgos de la religión. Los bochornosos films, precisamente (y me acuerdo por ejemplo de los Power Rangers), no son más que el resultado de desarrollar a fondo este costado de Star Wars.

Situar las acciones en un remoto confín del espacio ofrece otras ventajas. Entre ellas, la de ir creando las reglas a medida que se avanza. La imborrable secuencia en la taberna de Tatooine (el planeta-desierto que reaparece en la cuarta entrega de la serie) está protagonizada por la más insólita legión de freaks que se haya permitido ningún cineasta. Ahí puede verse a criaturas que no podrían estar más divorciadas de la forma humana vibrar, y emborracharse, como cualquier mortal. Debe ser el modo más audaz de instalar la credibilidad de un alien (sabiamente retomado por la reciente Hombres de negro), en las antípodas de los patéticos marcianos "realistas" de la mayor parte del sci-fi hollywoodense. La sensación de irrealidad, en todo caso, acá resulta largamente trascendida por la gracia y la ternura de esa galería de esperpentos que, al fin de cuentas, es la verdadera crema de la factoría Lucas. Sobre todo por su inédita representatividad. Son indiscutibles freaks, extraterrestres. Y suelen ser beodos, torpes, sentimentales, "tuercas", ambiciosos, aniñados... en definitiva: esencialmente humanos. No está el Mal (¡gracias a Dios!) en ellos. Y se los encuentra en los rincones más insólitos del cosmos, que comparten más o menos armoniosamente; siempre más, en todo caso, que la mayor parte de los vecinos de la "aldea global". Este costado de la saga es profunda, abiertamente humanista. Generoso. Y convierte a tantos otros tramos de La guerra... en una de esas aventuras que merecen ser vividas a cualquier edad.

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episodio 5:el imperio contrataca

No se ha dicho en vano que el segundo título de la saga Star Wars es el más logrado de la trilogía inaugural, pero también es cierto que a El imperio contraataca, estrenada originalmente en 1980, la benefició una coyuntura muy particular. Por un lado y gracias al enorme –aunque tardío– éxito de La guerra de las galaxias, que había dado el puntapié inicial tres años antes con asfixiantes limitaciones presupuestarias, El imperio... gozó de 30 millones de dólares, que le permitieron trasplantar las naves, criaturas y planetas de la imaginativa mente de George Lucas a la pantalla con mucha mayor precisión. Por el otro, el instinto puramente comercial de Lucas aún no había madurado lo suficiente como para obturar la frescura de la historia con aires de fábula moral y mística, como ocurrió con el postrer capítulo de la trilogía, El regreso del Jedi.

El imperio contraataca profundiza con vigor las características que hicieron de Star Wars una leyenda de la cinematografía norteamericana. Ya fue señalado pue la cruzada cósmica de Luke Skywalker (Mark Hamill), Han Solo (Harrison Ford) y la princesa Leia (Carrie Fisher) contra las fuerzas del Imperio comandadas por Darth Vader bebe generosamente de otros tantos mitos previos, dentro y fuera de la gran pantalla. Desde la leyenda del rey Arturo (que vendría a encarnar Luke, con Han Solo como Lancelot y Leia como la reina Genoveva) hasta la del Quijote y Sancho, pasando por tenaces comics como Flash Gordon y por el Western que se asoma en Han, quien anda, viste y desenfunda como un cowboy cósmico. La primera clave, empero, parece mucho más pedestre. Lo que hizo George Lucas (e Irvin Kershner, que dirigió El imperio... por su cuenta y orden) fue llevar a una galaxia muy lejana... los bienamados rituales de cualquier muchachito de barrio.

Ahí está la relación de Han Solo con su nave: el joven se la pasa recauchutando a su Millenium Falcon –que oportunamente alcanzará la velocidad de la luz– como si fuera un Fitito desvencijado. Ahí está su relación con Leia, la princesa, especie de candorosa chica de zaguán, que se hace rogar para transar al fin, tras haber demostrado que no es de las "fáciles". Los zaguanes, claro está, son los fugaces respiros que se toman Leia y Han entre una y otra batalla contra las fuerzas del Imperio. El imperio contraataca es la fusión total entre los "chicos de la esquina" –los chicos buenos de la esquina, que de los otros se ocupa el cine de gángsters– y los "héroes de película", hasta entonces inalcanzables por definición. Con la misma libertad, Luke, Han y Leia encarnan otra dualidad igualmente asombrosa. Sin dejar de ser adultos (aunque parece increíble que Hamill, con 28 años a la fecha de la filmación, luciera semejante baby face), se asumen como niños, nutriéndose de la experiencia de sus mayores, a los que, llegado el punto, están llamados a superar. O a relevar al menos. Luke recurre a un elfo ¡de 800 años!, Yoda, para que lo guíe por los caminos de la Fuerza y lo convierta en Jedi, y hasta extrae lecciones del propio Vader, esa oscura y reluciente fortaleza de latón. Y no hay una sola cara del Imperio (en la gigantesca nave-ciudad que es la Estrella de la Muerte, precursora de las de Alien y Día de la Independencia) que no contraste, por vetusta, con la rozagante juventud de los protagonistas.

La estructura narrativa de la película desempolva las supuestamente "obsoletas" transiciones por barrido –en las que un plano entra desplazando al anterior– que las viejas series de TV habían mamado de los aun más añejos seriales del cine. La trabajosa conversión de Luke en Jedi, que arranca en el planeta Dagobah, una selva de pantanos neblinosos, y el enfrentamiento de Han y Leia con los imperiales, que transcurre en una fascinante ciudad-planeta, avanzan largamente por carriles separados, alternados oportunamente por esos barridos, que aparecen en los momentos de mayor tensión para postergar la resolución de ambas líneas dramáticas. Entre las muchas categorías inauguradas por Star Wars tal vez haya que lamentar aquí la que deriva de "la Fuerza" –a la que aspira Luke–, madre a su modo del alienado misticismo que impera en el género fantástico-infantil actual (productos como los Power Rangers, en los que "el Poder" toma la posta de "la Fuerza", y otros como The Matrix, que se la endosa a un insulso semidiós interpretado por Keanu Reeves). Y agradecer, sin duda alguna, que el famoso aggiornamiento computarizado que presidió el reestreno del film en 1997 no haya pasado de un puñado de retoques aleatorios, ya que, por otra parte, no hacía falta nada más.

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episodio 6:el regreso del jedi

Allá lejos aunque no hace tanto tiempo, El regreso del Jedi, tercera parte de la trilogía de La guerra de las galaxias, se ocupó de cerrar las tramas que habían dejado abiertas sus predecesoras. Ocurre que George Lucas, factótum de la serie, coguionista y productor ejecutivo de este film, advirtió que los años no habían pasado en vann para sus actores. Luke Skywalker (Mark Hamill), Han Solo (Harrison Ford) y la princesa Leia (Carrie Fisher), vale decir las fuerzas de la Alianza, ya no podían seguir apareciendo como los niños rebeldes que se oponen al Imperio. A Luke, muy lejos de la envidiable baby face que ostentó tres años antes en El imperio contraataca, Ie llega el turno de diplomarse de maestro Jedi: aúna la sabiduría, la serenidad y Ios poderes sobrenaturales que exige la disciplina milenaria y, como para que no queden dudas, calza ropas de sacerdote, incluido el cuello de sotana. Desde aquella posición adulta, está Iisto para enfrentarse a muerte con Darth Vader y con el mismísimo Emperador. Claro que antes deberá rescatar a Han, que está congelado en carbonita desde el episodio anterior, y resistir el "lado oscuro de la Fuerza", la otra cara de la moneda Jedi con que lo tientan –por no decir coimean– los pesos pesados del Imperio.

Un poco en el estilo de las telenovelas, El regreso del Jedi incluye una serie de relaciones de parentesco tardía y dramáticamente reveladas. No deja de tener su encanto: Luke obtiene la confirmación de que su padre es el oscuro Vader de la boca del anciano Yoda, que está a punto de morir, pero no en un hospital sino en el medio del paisaje pantanoso y surrealista del planeta Dagobah. Después, y como para dejarlo elegantemente al margen del romance entre Han y Leia (ya en etapa de noviazgo pleno), alguien le hace saber que la princesa es su hermana. Ella, en tanto, trocó los recatados vestiditos de gasa blanca, que lucía al comenzar la serie, por audaces bikinis con reminiscencias punk. Al igual que antes, las distintas Iíneas dramáticas (Luke, el Imperio, Han y Leia) son felizmente vertebradas mediante el montaje alterno, en un dinámico vaivén que las hará confluir sobre el desenlace. Un esquema de contrastes llevó a combinar, una y otra vez, secuencias ambientadas bajo el sol (como la batalla contra Sarlacc sobre el desierto quemante) con otras en las que las naves de los héroes surcan el espacio en una noche inabarcable.

Inspiradora de un profuso merchandising que recaudó tanto como las boleterías, se pasea por El regreso del Jedi la más graciosa galería de criaturas cósmicas que se haya visto: desde Jabba The Hutt, una mole gigantesca y pérfida que tiene algo de los animales que imaginó Lewis Carroll, hasta Sarlacc, ente de arena y dientes (y pico y tentáculos tras el aggiornamiento computarizado que presidió el reestreno de 1997), pasando por simpáticas versiones de osos hormigueros, escarabajos, koalas y por un "almirante" de la Alianza inspirado en una cruza del general De Gaulle con vaya a saber qué especie de batracio. Todos estos prototipos son hijos de un despliegue generoso: se presentan ante el espectador de golpe, sin latosas introducciones, bajo la premisa poética de que cualquier ente tiene derecho a hacer del universo su propia casa. Farragosamente, en cambio, vuelve a plantearse la cuestión relacionada con "la Fuerza", largamente conversada antes del enfrentamiento entre Luke y Vader (que sólo mostrará la cara poco antes de morir, ya convertido), quienes intentan convencerse mutuamente con invocaciones a un "Poder" mistificado, turbio. Los efectos especiales tienen un sitial privilegiado en El regreso del Jedi (el propio Lucas se ufanaba, en su momento, de haber beneficiado al film con "el doble de efectos que a los otros dos juntos"), aunque a veces en desmedro del espesor dramático, al que el fragor, y esos combates, no le dejan demasiado tiempo.

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